Quien entre en el sevillano cementerio de San Fernando por la puerta principal encontrará, unos cientos de metros más adelante, en la glorieta principal, un crucificado de gran tamaño, fundido en bronce y clavado en una cruz de madera: se trata del Cristo de Susillo o, como es conocido popularmente, el Cristo de las Mieles.
Entrada al Cementerio de San Fernando.
Es obra de Antonio Susillo Fernández, famoso escultor sevillano del siglo XIX. Nacido enSevilla el 16 de abril de 1855, concretamente en laAlamedade Hércules, era hijo de Manuel Susillo, tonelero primero y después dedicado al comercio de la aceituna. Un día, paseando por la Alameda, la InfantaLuisa Fernanda de Orleans observó a un niño jugando con un puñado de barro con el que moldeó una figurilla con tanto talento que a partir de entonces quedó bajo su protección, costeándole sus estudios de arte. Gracias a ella, considerado un "niño prodigio", pudo desarrollar su don innato como artista y escultor. Estudió en París y Roma y, ya a los veinte años, comienza a recibir encargos de la alta aristocracia europea, consolidándose como el escultor sevillano más famoso de todos los tiempos. Clientes suyos fueron la reina Isabel II o Nicolás II, Zar de todas las Rusias. En Sevilla quedaron muchas de sus obras: las doce estatuas del Palacio de San Telmo, el Miguel de Mañara frente al Hospital de Caridad, el Daoiz de la Plaza de la Gavidia, el Velázquez de la Plaza del Duque, etc.
El Cristo de las Mieles, de Antonio Susillo. Cementerio de San Fernando, Sevilla.
Cuenta la leyenda que cuando el escultor esculpió el Cristo para el cementerio se esmeró enormemente, pues en ese momento se encontraba fuertemente endeudado y esa obra significaba mucho para él. Se dice que al montar la escultura, se dio cuenta de que la había elaborado (se puede ver que un pie está clavado en el madero vertical de la cruz y el otro al staticum de la misma) con las piernas al contrario, y que al contemplar la obra terminada y ver el fallo, se sintió tan angustiado y le afectó tanto que se ahorcó en su estudio.
En realidad, el escultor, cuya primera esposa falleció de tuberculosis apenas un año después del casamiento, contrajo quince años después segundas nupcias con María Luisa Huelin, (una mujer despilfarradora y manirrota que, además, lo menospreciaba y ridiculizaba como hombre incluso en público),y en esos momentos se encontraba en la más absoluta de las ruinas, contando con el encargo del Cristo para saldar deudas y retomar su trayectoria profesional. Al observar el error tomó la trágica decisión, tan de moda en la época romántica, de pegarse un tiro. Era el veintidós de diciembre de 1.896; contaba tan sólo cuarenta y un años.
Sus paisanos sevillanos creyeron que el mejor homenaje para aquel hombre era ser enterrado en el centro del cementerio, a los pies del Cristo que había esculpido con tanta pasión, y así se propuso, con el beneplácito de la autoridad municipal. Sin embargo, la autoridad eclesiástica puso impedimento, ya que los suicidas no podían ser enterrados en suelo sagrado, aunque finalmente se consideró que el acto había sucedido como consecuencia de una enfermedad mental y se concedió el permiso oportuno.
Fue enterrado en un primer momento en una tumba junto a la del pintor Ricardo Villegas, que pagaba anónima y puntualmente un amigo suyo. Treinta años más tarde, como consecuencia de un artículo aparecido en el diario “El Noticiero Sevillano”, se despertó entre sus paisanos el convencimiento de que la ciudad le debía un reconocimiento permanente al insigne escultor. El Ayuntamiento concedió permiso y asignó los fondos para la obra, que concluyó el veintidós de abril de 1.940. Los restos de Antonio Susillo reposaron definitivamente cuarenta y cuatro años después de su muerte a los pies de su obra más reconocida.
Días después de su entierro sucedió algo sorprendente, que muchos visitantes consideraron milagroso: el Cristo lloraba, y no agua salada, como un mortal cualquiera, sino que lloraba miel. El revuelo fue considerable en la ciudad. El “milagro” estaba en boca de todos y la Iglesia tuvo que tomar cartas en el asunto, enviando el mismísimo Vaticano una delegación para aclarar el asunto.
Finalmente se averiguó la verdad: lo que manaba de la boca del Cristo era efectivamente miel de abeja, pero no porque llorara el Hijo de Dios por el escultor, sino porque Susillo había construido la efigie dejando hueco su interior para evitar el excesivo peso, y ese hueco fue aprovechado por un grupo de trabajadoras abejas para instalar su colonia. Así, cuando el calor apretaba y el bronce se calentaba, la miel de los panales se derretía y salía por la boca del Cristo. No había milagro, pues, pero al Cristo se le quedó para siempre el sobrenombre de Cristo de las Mieles.
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